ORTEGA Y GASSET, J. «La
Doctrina del Punto de Vista», en El tema de nuestro tiempo.
Obras Completas, Vol. III,
cap. X. Madrid: Revista de Occidente, 1966. Escrito original de 1922/1923.
Hemos separado sectores del texto elegido que
consideramos especialmente interesantes, precisamente en los que aparecen
términos subrayados. Los sectores que no tienen términos subrayados no los
consideramos especialmente interesantes para ejercitarnos en el comentario desde un texto de Ortega. Hay algunos términos ‘explicados’
entre corchetes, se trata de términos que hoy no se usan más que para referirse
a Ortega; no son, por otra parte, especialmente importantes o significativos.
Contraponer la cultura a la
vida y reclamar para ésta la plenitud de sus derechos frente a aquélla no
es hacer profesión de fe anticultural. Si se interpreta así lo dicho
anteriormente, se practica una perfecta tergiversación. Quedan intactos los
valores de la cultura; únicamente se niega su exclusivismo. Durante siglos se
viene hablando exclusivamente de la necesidad que la vida tiene de la cultura.
Sin desvirtuar lo más mínimo esta necesidad, se sostiene aquí que la cultura no
necesita menos de la vida. Ambos poderes ‑el inmanente de lo
biológico y el trascendente de la
cultura‑ quedan de esta suerte cara a cara, con iguales títulos, sin supeditación del uno
al otro.
Este trato leal de ambos
permite plantear de una manera clara el problema de sus relaciones y preparar
una síntesis más franca y sólida. Por consiguiente, lo dicho hasta aquí es sólo
preparación para esa síntesis en que culturalismo y vitalismo, al fundirse,
desaparecen. Recuérdese el comienzo de este estudio.
La tradición moderna nos ofrece dos maneras opuestas
de hacer frente a la antinomia entre vida y cultura. Una de ellas, el
racionalismo, para salvar la cultura niega todo sentido a la vida. La otra, el
relativismo, ensaya la operación inversa: desvanece el valor objetivo de la
cultura para dejar paso a la vida. Ambas soluciones, que a las generaciones
anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra sensibilidad. Una
y otra viven a costa de cegueras complementarias. Como nuestro tiempo no
padece esas obnubilaciones, como se ve con toda claridad en el sentido de ambas
potencias litigantes, ni se aviene a aceptar que la verdad, que la justicia,
que la belleza no existen, ni a olvidarse de que para existir necesitan el
soporte de la vitalidad.
Aclaremos este punto
concretándonos a la porción mejor definible de la cultura: el conocimiento. El
conocimiento es la adquisición de verdades, y en las verdades se nos manifiesta
el universo trascendente (transubjetivo) de la realidad. Las verdades
son eternas, únicas e invariables. ¿Cómo es posible su insaculación dentro del
sujeto? [la palabra 'insacular' tiene aquí un difícil encaje: significa
introducir en una urna una serie de nombres para proceder posteriormente a su
extracción]. La respuesta del Racionalismo es taxativa: sólo es posible el
conocimiento si la realidad puede penetrar en él sin la menor deformación. El
sujeto tiene, pues, que ser un medio transparente, sin peculiaridad o color
alguno, ayer igual a hoy y mañana ‑por tanto, ultravital y extrahistórico.
Vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia. La
respuesta del relativismo no es menos taxativa. El conocimiento es imposible;
no hay una realidad trascendente, porque todo sujeto real es un recinto
peculiarmente modelado. Al entrar en él la realidad se deformaría, y esta
deformación individual sería lo que cada ser tomase por la pretendida realidad.
Es interesante advertir cómo
en estos últimos tiempos, sin común acuerdo ni premeditación, psicología,
“biología” y teoría del conocimiento, al revisar los hechos de que ambas
actitudes partían, han tenido que rectificarlos, coincidiendo en una nueva
manera de plantear la cuestión. El sujeto, ni es un medio transparente, un "yo
puro" idéntico e invariable, ni su recepción de la realidad produce en
ésta deformaciones. Los hechos imponen una tercera opinión, síntesis ejemplar
de ambas. Cuando se interpone un cedazo o retícula en una corriente, deja pasar
unas cosas y detiene otras; se dirá que las selecciona, pero no que las
deforma. Esta es la función del sujeto, del ser viviente ante la
realidad cósmica que le circunda. Ni se deja traspasar sin más ni más por ella,
como acontecería al imaginario ente racional creado por las definiciones
racionalistas, ni finge él una realidad ilusoria. Su función es claramente
selectiva. De la infinidad de los elementos que integran la realidad, el
individuo, aparato receptor, deja pasar un cierto número de ellos, cuya forma y
contenido coinciden con las mallas de su retícula sensible. Las demás cosas
-fenómenos, hechos, verdades‑ quedan fueran, ignoradas, no
percibidas.
Un ejemplo elemental y
puramente fisiológico se encuentra en la visión y en la audición. El aparato
ocular y el auditivo de la especie humana reciben ondas vibratorias desde
cierta velocidad mínima hasta cierta velocidad máxima. Los colores y sonidos
que queden más allá o más acá de ambos límites le son desconocidos. Por tanto,
su estructura vital influye en la recepción de la realidad; pero esto no quiere
decir que su influencia o intervención traiga consigo una deformación. Todo un
amplio repertorio de colores y sonidos reales, perfectamente reales, llega a su
interior y sabe de ellos. Como con los colores y sonidos acontece con las
verdades.
La estructura psíquica de cada
individuo viene a ser un órgano perceptor, dotado de una forma determinada
que permite la comprensión de ciertas verdades y está condenado a inexorable
ceguera para otras. Así mismo, para cada pueblo y cada época tienen su alma
típica, es decir, una retícula con mallas de amplitud y perfil definidos que le
prestan rigurosa afinidad con ciertas verdades e incorregible ineptitud para
llegar a ciertas otras. Esto significa que todas las épocas y todos los pueblos
han gozado su congrua ['congrua':
correspondiente, proporcionada] porción de verdad, y no tiene
sentido que pueblo ni época algunos pretendan oponerse a los demás, como si a
ellos les hubiese cabido en el reparto la verdad entera. Todos tienen su puesto
determinado en la serie histórica; ninguno puede aspirar a salirse de ella,
porque esto equivaldría a convertirse en un ente abstracto, con integra
renuncia a la existencia.
Desde distintos puntos de
vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La
distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta
manera. Lo que para uno ocupa el primer término y acusa con vigor todos sus
detalles, para el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además,
como las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de
ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan. ¿Tendría sentido
que cada cual declarase falso el paisaje ajeno? Evidentemente, no; tan real
es el uno como el otro. Pero tampoco tendría sentido que puestos de acuerdo, en
vista de no coincidir sus paisajes, los juzgasen ilusorios. Esto supondría que
hay un tercer paisaje auténtico, el cual no se halla sometido a las mismas
condiciones que los otros dos. Ahora bien, ese paisaje arquetipo no existe ni
puede existir.
La realidad cósmica es
tal, que sólo puede ser vista bajo una determinada perspectiva. La perspectiva
es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su
organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre
idéntica es un concepto absurdo. Lo que acontece con la visión corpórea se
cumple igualmente en todo lo demás. Todo conocimiento es desde un punto de
vista determinado. La species
aeternitatis, de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe
propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de su
utilidad instrumental para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso
no olvidar que desde él no se ve lo real. El punto de vista abstracto
sólo proporciona abstracciones.
Esta manera de pensar lleva a
una reforma radical de la filosofía y, lo que importa más, de nuestra
sensación cósmica. La individualidad de cada sujeto era el indominable estorbo
que la tradición intelectual de los últimos tiempos encontraba para que el
conocimiento pudiese justificar su pretensión de conseguir la verdad. Dos
sujetos diferentes ‑se pensaba‑ llegarán a
verdades divergentes. Ahora vemos que la divergencia entre los mundos de dos
sujetos no implica la falsedad de uno de ellos. Al contrario, precisamente
porque lo que cada cual ve es una realidad y no una ficción, tiene que
ser su aspecto distinto del que otro percibe. Esa divergencia no es
contradicción, sino complemento. Si el universo hubiese presentado una faz
idéntica a los ojos de un griego socrático que a los de un yanqui, deberíamos
pensar que el universo no tiene verdadera realidad, independiente de los
sujetos. Porque esa coincidencia de aspecto ante dos hombres colocados en
puntos tan diversos como son la Atenas del siglo V y la Nueva York del XX
indicaría que no se trataba de una realidad externa a ellos, sino de una
imaginación que por azar se producía idénticamente en dos sujetos.
Cada vida es un punto de
vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra.
Cada individuo ‑persona, pueblo, época‑
es un órgano insustituible para la conquista de la
verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es
ajena a las variaciones históricas, adquiere un dimensión vital. Sin el
desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la
vida, el universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada.
El error inveterado ['inveterado': antiguo, arraigado] consistía
en suponer que la realidad tenía por sí misma, e independientemente del
punto de vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia. Pensando así,
claro está, toda visión de ella desde un punto determinado no coincidiría con
ese su aspecto absoluto y, por tanto, sería falsa. Pero es el caso que la
realidad, como un paisaje, tienen infinitas perspectivas, todas ellas
igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa es esa que pretende
ser la única. Dicho de otra manera: lo falso es la utopía, la verdad no
localizada, vista desde “lugar ninguno”. El utopista ‑y esto
ha sido en esencia el racionalismo- es el que más
yerra, porque es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que
deserta de su puesto.
Hasta ahora la filosofía ha sido siempre utópica.
Por eso pretendía cada sistema valer para todos los tiempos y para todos los
hombres. Exenta de la dimensión vital, histórica, perspectivista, hacía
una y otra vez vanamente su gesto definitivo. La doctrina del punto de vista
exige, en cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva vital
de que ha emanado, permitiendo así su articulación con otros sistemas futuros o
exóticos. La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital, donde
aquélla se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación.
Cuando hoy miramos las
filosofías del pasado, incluyendo las del último siglo, notamos en ellas
ciertos rasgos de primitivismo. Empleo esta palabra en el estricto sentido que
tiene cuando es referida a los pintores del quattrocento. ¿Por qué llamamos a éstos
"primitivos"? ¿En qué consiste su primitivismo? En su ingenuidad, en
su candor ‑se dice‑. Pero ¿cuál es la razón del
candor y de la ingenuidad, cuál su
esencia? Sin duda, es el olvido de sí mismo. El
pintor primitivo pinta el mundo desde su punto de vista ‑bajo
el imperio de las ideas, valoraciones, sentimientos que le son privados‑,
pero cree que lo pinta según él es. Por lo mismo, olvida introducir en su obra su
personalidad; nos ofrece aquélla como si
se hubiera fabricado a sí misma, sin intervención de un
sujeto determinado, fijo en un lugar del espacio y en un instante del tiempo.
Nosotros, naturalmente, vemos en el cuadro el reflejo de su individualidad y
vemos, a la par, que él no la veía, que se ignoraba a sí mismo y se creía una
pupila anónima abierta sobre el universo. Esta ignorancia de sí mismo es la
fuente encantadora de la ingenuidad.
Mas la complacencia que el
candor nos proporciona incluye y supone la desestima del candoroso. Se trata de
un benévolo menosprecio. Gozamos del pintor primitivo, como gozamos del alma
infantil, precisamente, porque nos sentimos superiores a ellos. Nuestra visión
del mundo es mucho más amplia, más compleja, más llena de reservas,
encrucijadas, escotillones. Al movernos en nuestro ámbito vital sentimos éste
como algo ilimitado, indomable, peligroso y difícil. En cambio al asomarnos al
universo del niño o del pintor primitivo vemos que es un pequeño círculo,
perfectamente concluso y dominable, con un repertorio reducido de objetos y
peripecias. La vida imaginaria que llevamos durante el rato de esa
contemplación nos parece un juego fácil que momentáneamente nos liberta de
nuestra grave y problemática existencia. La gracia del candor es, pues, la
delectación del fuerte en la flaqueza del débil.
El atractivo que sobre
nosotros tienen las filosofías pretéritas es del mismo tipo. Su claro y
sencillo esquematismo, su ingenua ilusión de haber descubierto toda la verdad,
la seguridad con que se asientan en fórmulas que suponen inconmovibles nos dan
la impresión de un orbe concluso, definido y definitivo, donde ya no hay
problemas, donde todo está ya resuelto. Nada más grato que pasear unas horas
por mundos tan claros y tan mansos. Pero cuando tornamos a nosotros mismos y
volvemos a sentir el universo con nuestra propia sensibilidad, vemos que el
mundo definido por esas filosofías no era, en verdad el mundo, sino el
horizonte de sus autores. Lo que ellos interpretaban como límite del universo,
tras el cual no había nada más, era sólo la línea curva con que su perspectiva
cerraba su paisaje. Toda filosofía que quiera curarse de ese inveterado
primitivismo, de esa pertinaz utopía, necesita corregir ese error, evitando que
lo que es blando y dilatable horizonte se anquilose en mundo.
Ahora bien; la reducción o
conversión del mundo a horizonte no resta lo más mínimo de realidad a
aquél; simplemente lo refiere al sujeto viviente, cuyo mundo es, lo dota de una
dimensión vital, lo localiza en la corriente de la vida, que va de pueblo en
pueblo, de generación en generación, de individuo en individuo, apoderándose de
la realidad universal. De esta manera, la peculiaridad de cada ser, su
diferencia individual, lejos de estorbarle para captar la verdad, es
precisamente el órgano por el cual puede ver la porción de realidad que le
corresponde. De esta manera, aparece cada individuo, cada generación, cada
época como un aparato de conocimiento insustituible. La verdad integral
sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así
sucesivamente.
Cada individuo es un punto
de vista esencial. Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se
lograría tejer la verdad omnímoda y absoluta. Ahora bien: esta suma de las
perspectivas individuales, este conocimiento de lo que todos y cada uno han
visto y saben, esta omnisciencia, esta verdadera “razón absoluta” es el sublime
oficio que atribuimos a Dios. Dios es también un punto de vista; pero no porque
posea un mirador fuera del área humana que le haga ver directamente la realidad
universal, como si fuera un viejo racionalista. Dios no es racionalista. Su
punto de vista es el de cada uno de nosotros; nuestra verdad parcial es también
verdad para Dios. ¡De tal modo es verídica nuestra perspectiva y auténtica
nuestra realidad! Sólo que Dios, como dice el catecismo, está en todas partes y
por eso goza de todos los puntos de vista y en su ilimitada vitalidad recoge y
armoniza todos nuestros horizontes. Dios es el símbolo del torrente vital,
al través de cuyas infinitas retículas va pasando poco a poco el universo, que
queda así impregnado de vida, consagrado, es decir, visto, amado, odiado, sufrido
y gozado.
Sostenía Malebranche que si
nosotros conocemos, alguna verdad es porque vemos las cosas en Dios, desde el
punto de vista de Dios. Más verosímil me parece lo inverso: que Dios ve las
cosas al través de los hombres, que los hombres son los órganos visuales de la
divinidad.
Por eso conviene no defraudar
la sublime necesidad que de nosotros tiene, e hincándonos bien en el lugar
que nos hallamos, con una profunda fidelidad a nuestro organismo, a lo que
vitalmente somos, abrir bien los ojos sobre el contorno y aceptar la faena que
nos propone el destino: el tema de nuestro tiempo.